Jugar para ganar
Dos veces al año hago un retiro para mujeres que necesitan bajarse tantito del mundo y acordarse cómo era eso de ponerse a ellas primero. Una de las noches, después de cenar, la actividad se trata de reír.
No voy a spoilear el tipo de actividades que hacemos en Primero vas tú, pero sí puedo decir que se trata de relajarse un chingo y hacer eso que a los adultos se nos olvida hacer: jugar.
Después de varias ediciones de mi retiro sé que siempre que les diga qué vamos a hacer va a pasar lo mismo: a la mayoría no le encanta la idea, le da flojera, a algunas pena e incluso ha pasado que emprenden la graciosa huida y se van a dormir temprano sin avisarle a nadie. Pero una vez que arranca el primer juego siempre pasa lo mismo también: de pronto, todo el mundo se está carcajeando, se fortalecen los equipos, se hace hasta lo impensable por ganar el premio en cuestión (no es por intrigar, pero siempre tengo muy buenos premios de mis emprendedoras favoritas) y cuando les digo que ya acabamos todas las actividades, siempre ¡siempre! quieren uno más.
Las personas que llegan a jugar nunca son las mismas que las que se van. Después de un día de mucho trabajo personal (porque sí, también vamos a chambear), llegan cansadas y en plan… “y ahora quéeee”, y terminan oxigenadas, liberadas, relajadas y con ganas de cualquier cosa.
Jugar es una de las cosas más productivas que podemos hacer para nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestro bienestar, el de nuestras relaciones e incluso nuestra manera de operar y tomar decisiones.
Jugar ES neuroquímica en su estado más puro porque construye conexiones neuronales, activa el sistema de recompensa y estimula áreas como el sistema límbico y la corteza prefrontal (placer + toma de decisiones). Liberas dopamina (placer + motivación). Hace que quieras repetir la experiencia porque suben las endorfinas (analgésico natural). Reduce el dolor, baja el estrés, genera sensación de bienestar y aumenta la oxitocina (conexión).
Jugar y reír con otros fortalece vínculos, genera empatía, confianza y sentido de pertenencia; es como activar el “combo felicidad”.
Nos pasamos la vida buscando remedios mágicos, pagando tratamientos carísimos y nos sentamos durante años en sesiones con terapeutas y psiquiatras (una de las cosas más indispensables en la vida de cualquier adulto, lo de ir a terapia), sin entender que tenemos una de las medicinas infalibles al alcance de nuestra mano. La vida adulta nos ha convencido de que no hay tiempo que perder cuando, en realidad, jugar tiene todo que ganar, aunque pierdas.
Los efectos de jugar, conectar y reírse en el cuerpo tienen un impacto directo en nuestra vida más allá de la felicidad y el bienestar inmediato que provocan, porque disminuye el cortisol (hormona del estrés), le baja volumen a la ansiedad, regula las emociones y ayuda a procesar frustración, incertidumbre y caos emocional, aumentando la resiliencia mental. Reír, por ejemplo, entrena al cerebro para recuperarse más rápido de momentos difíciles.
Y en cuestión de beneficios cognitivos y físicos, por mencionar solo algunos, mejora la memoria, la atención y la toma de decisiones, hace al cerebro más ágil, estimula la creatividad y el pensamiento flexible, mejora el sistema inmune, aumenta la circulación, la oxigenación y, por si fuera poco, relaja músculos y reduce inflamación y pues… ¡¿quién no quiere eso?!
Según Stuart Brown, el juego es tan importante como dormir o comer. Cuando falta, las consecuencias son profundas: rigidez mental, depresión, problemas de relación e incluso comportamientos destructivos. Imagínense, por favor, la gravedad de que los niños ahora ya no jueguen más que con y a través de una pantalla.
Cuando digo que no hemos ni empezado a ver las consecuencias de no regularlas es que de verdad estamos viendo sin ver. Pero tampoco lo vemos para nosotros. Nos vendieron que lo de ser adultos se trata de tomarse todo muy en serio y, en realidad, para ser el mejor adulto que puedas ser, jugar es una de las cosas más importantes y es justo lo que nunca hay que dejar de hacer.
Estamos hablando de juegos de mesa, juegos en equipo (muchas veces involucrando actividades físicas), juegos de salón, juegos de imaginación, de competencia, de explorar cosas nuevas y, ¿por qué no?, de juegos más elaborados con juguetes más sofisticados que los adultos nos podemos dar el lujo de disfrutar. La cosa es que en gustos se rompen géneros y hay millones de posibilidades para entrar en ese estado mental en donde lo que estás haciendo es solo por pasarla bien, por resetearte, por disfrutar y por relajarte un chingo. Sin una pantalla. Y, de preferencia, con alguien más.
¿Por qué les cuento todo esto en un espacio en el que normalmente hablamos de la importancia de aprender de dinero y empezar a invertir si no lo has hecho?
Porque un cerebro que juega regularmente no solo se siente mejor… decide mejor.
Invertir no es solo saber de números, tasas o instrumentos. Es, sobre todo, saber manejar tu cabeza cuando hay incertidumbre, riesgo y emociones de por medio.
Un cerebro estresado —con cortisol alto— toma decisiones más impulsivas, más reactivas y más cortoplacistas. Es el cerebro que vende cuando todo cae, que compra por miedo a quedarse fuera y que se paraliza cuando más claridad necesita.
En cambio, un cerebro en “estado de juego” —con dopamina, oxitocina y endorfinas activas— tiene mayor claridad, mejor capacidad de análisis, más pensamiento flexible y una tolerancia mucho más sana al riesgo. O sea: toma mejores decisiones con su dinero.
Y no es una metáfora mamadora. Es ciencia.
La corteza prefrontal, que es la que se encarga de planear, evaluar escenarios y tomar decisiones complejas (sí, como invertir), funciona mucho mejor cuando no estás en modo supervivencia. Y jugar es una de las formas más rápidas de sacarte de ahí.
Por eso, aprender a invertir no solo es abrir una cuenta o entender el mercado.
Es aprender a no reaccionar desde el miedo.
Es tener la cabeza lo suficientemente clara para sostener decisiones en el tiempo.
Es poder pensar a largo plazo sin que la ansiedad te gane.
Invertir también es un juego… pero uno en el que gana quien sabe regularse. Así que no, esto no es un desvío del tema, es probablemente una de las herramientas más subestimadas para construir una buena relación con tu dinero.
El dinero es una energía y la manera en que nos relacionamos con ella tiene todo que ver con cómo fluye en nuestra vida. Entender que el dinero también es para pasarla bien, para divertirse, para comprarte el juguete nuevo y para disfrutarlo.
Te propongo tener un apartado en tu portafolio de inversiones que se llame: jugar.
Si quieres que te contacte con un asesor personal de GBM que te ayude a armarlo
¿QUÉ VER?
Project Hail Mary
Phil Lord y Christopher Miller
Después de una temporada de premios y películas tremendas, fuertísimas y demoledoras, esta vacación pude disfrutar con mis hijos de una peli que es solo para pasarla bien y que nos recuerda eso de la importancia de conectar. Me daba susto porque había leído tanto que era buenísima que pensé que me iba a parecer X y, lejos de eso, me pareció una popcorn movie deliciosa para ver en familia y que, aunque es larguísima, no te aburre ni un minuto (y eso que prácticamente toda la historia se la avienta el guapazo de Ryan Gosling solito). Me encantó la música. Me encantó la historia. Y me encantó que no tiene el típico final. Pero lo que más me encantó fue ir con mis hijos y salir felices los tres.
Project Hail Mary cumple totalmente el objetivo y es, sin duda, una manera de ir al cine a jugar.
¿QUÉ LEER?
PLAY
Stuart Brown
“Jugar es el lubricante de la vida”
Si quieres saber todo lo que pasa en el cerebro cuando jugamos y las implicaciones que tiene en todas las áreas de nuestra vida, este libro es, sin duda, una joyita que te puede incentivar a sacar a tu niño interior lo más seguido posible y a entender la relevancia que tiene, si tienes hijos, de jugar con ellos y que aprendan a seguir jugando como una de las habilidades de salud mental y performance para el resto de su vida y de la tuya.
¿QUÉ HACER?
Piérdele el miedo a hacer el ridículo. Una de las partes más importantes del juego es poderte desinhibir, hacer cosas tontas y aventarte el oso si la ocasión lo amerita.
¿Por qué? Porque desinhibirse es un acto de ruptura: rompe el personaje cuadrado que llevas años sosteniendo, desactiva el miedo al juicio y te devuelve a un estado donde ya no estás actuando, estás siendo. En el momento en que te atreves a verte tonto y ves que no pasa nada, tu cuerpo aprende algo radical: no necesitas protegerte tanto. Y desde ahí cambia todo —cómo hablas, cómo decides, cómo te relacionas— porque dejas de vivir desde el control y empiezas a vivir desde la libertad.
Así que te invito a jugar y hacer algo ridículo regularmente para recordarte que no pasa nada, pero, en realidad, pasa mucho de eso que quieres que pase.







Qué importante es reirse de uno mismo, desinhibirse y ser competitivo, aún cuando no hay nada qué ganar, ni nada qué perder. Tener a un grupo de amigos o familiares con los cuales se puede jugar y pasarla a gusto, es una chulada.
¡Genial planteamiento! Incluso el dinero tiene su juego. Añadiría que debemos incluir en nuestro círculo cercano, personas que jueguen 😊 es básico